Hay pocos eventos capaces de detener al mundo. Un Mundial es uno de ellos.
España levantó la copa este 2026 y, durante poco más de un mes, el mundo pareció girar alrededor de una cancha. Las redes sociales se llenaron de debates, memes y análisis; aparecieron nuevos ídolos, resurgieron rivalidades históricas y el clásico álbum de láminas volvió a reunir a personas de todas las edades en plazas, colegios y lugares de trabajo. Incluso quienes normalmente no siguen el fútbol terminaron hablando de él.
Cuando un evento logra movilizar a millones de personas al mismo tiempo, deja de ser solo un campeonato deportivo. Se convierte en un fenómeno social. Y, precisamente por eso, también en un espacio donde se reflejan las tensiones, las desigualdades y los conflictos que atraviesan al mundo.
Por eso, cuando terminó el Mundial, lo único que realmente se acabó fue el torneo.
Porque el fútbol nunca ha sido solo fútbol.
Cada vez que alguien insiste en que el deporte debe mantenerse «al margen de la política», me pregunto de qué fútbol está hablando. Nunca conocí ese fútbol. El que yo conozco nació en los barrios, en las poblaciones, en las canchas de tierra donde una pelota vieja alcanzaba para construir comunidad. Y ese fútbol siempre estuvo atravesado por las mismas tensiones que atraviesan la vida: la desigualdad, el poder, la resistencia.
Este Mundial no fue la excepción. Mientras millones de personas seguíamos un partido, el mundo seguía ardiendo. Continuaban los conflictos armados, los bombardeos, las disputas geopolíticas y las crisis humanitarias. El espectáculo no detuvo la historia. Apenas consiguió que muchos dejaran de mirarla por un rato. Y eso también dice algo sobre la época en la que vivimos.
Pero no solo hablamos de guerras cuando hablamos de poder.
También hablamos de las mujeres, cuyos derechos siguen siendo cuestionados como si fueran un privilegio y no una garantía. Seguimos viviendo en un tiempo donde hay quienes creen que decidir sobre nuestros cuerpos, ocupar espacios o vivir libres de violencia sigue siendo motivo de debate. ¿Por qué el deporte habría de ser diferente? Las canchas nunca fueron neutrales. Durante décadas también fueron espacios donde se decidió quién podía jugar, quién merecía ser escuchado y quién debía conformarse con mirar desde afuera.
Por eso me cuesta creer que el deporte pueda separarse de la política. Cuando una bandera incomoda más que una injusticia; cuando unas culturas son celebradas y otras ridiculizadas; cuando una selección africana desafía siglos de colonialismo con cada victoria; cuando una hinchada convierte una tribuna en un espacio de protesta, no estamos viendo «cosas ajenas al fútbol». Estamos viendo el mundo reflejado en noventa minutos.
Y después está el negocio.
Nos convencieron de que el éxito del fútbol debía medirse por contratos, derechos televisivos y cifras de mercado. El resultado es un deporte cada vez más caro para quienes lo hicieron grande. Entradas inalcanzables, transmisiones exclusivas y un espectáculo pensado para consumidores antes que para comunidades. Eduardo Galeano lo resumió mucho mejor que cualquiera: «El fútbol era popular porque los pobres eran felices jugando a la pelota. Cuando el fútbol se convirtió en negocios deshonestos, es ahí donde las clases pudientes encontraron en él una oportunidad y ya no es propiedad de los pobres.»
Y entonces la pregunta deja de ser quién ganó el Mundial.
La verdadera pregunta es de quién sigue siendo el fútbol.
Porque mientras algunos hacen negocios con la pelota, otros encuentran con ella un lugar para existir. El niño que juega descalzo en una plaza. La niña que entra a una cancha aunque todavía tenga que escuchar que ese no es su lugar. La población que organiza un campeonato para reunirse. La hinchada que transforma el estadio en un espacio de memoria. Ahí sigue vivo el fútbol que vale la pena defender.
Quizás el mayor error sea pensar que mirar fútbol nos permite escapar de la realidad. Yo creo exactamente lo contrario. El fútbol nos obliga a verla de frente. Nos muestra qué vidas importan, qué voces tienen espacio, quién puede pagar por participar y quién sigue luchando por ocupar un lugar que siempre debió ser suyo.
El Mundial terminó. Pero las guerras y la desigualdad no lo hicieron. Asimismo,la lucha de las mujeres por vivir con dignidad y en igualdad de derechos sigue siendo tan necesaria como antes del primer partido.
La verdadera final nunca se jugó en un estadio. Se juega todos los días, fuera de la cancha.
Y en esa final, ninguna persona debería quedarse en la banca.
Que vivan los ídolos rebeldes.
Que viva el fútbol de la gente.
Antonia Almuna Alarcón, voluntaria Área STEM.


