Desde niñas nos enseñan a soñar en grande. Nos preguntan qué queremos ser cuando adultas, nos invitan a perseguir nuestros sueños, a estudiar, a emprender y a imaginar el futuro que queremos construir. Pero pocas veces nos enseñan algo igual de importante: cómo planificarnos para hacerlo posible, cómo administrar nuestro dinero, ahorrar, invertir, negociar un sueldo o tomar decisiones financieras que nos permitan avanzar hacia esos sueños.
“Nos enseñan a soñar, pero no a planificar.” Esa fue la reflexión con la que cerré mi participación en el conversatorio sobre educación financiera y juventud organizado por Banco Estado el día 28 de octubre de 2025, donde tuve el honor de representar a Tremendas. Ese día entendí que esa frase resumía algo que llevaba tiempo haciéndome ruido. Hablamos constantemente de liderazgo femenino, participación e igualdad de oportunidades, pero muy pocas veces hablamos de dinero. Y ese hecho no es menor, porque la autonomía económica es también una de las herramientas más poderosas para que las mujeres puedan decidir sobre sus vidas.
Pero la educación financiera va mucho más allá de aprender a ahorrar o invertir. Es una herramienta que nos entrega la capacidad de tomar decisiones con mayor libertad, empezar proyectos, construir independencia y planificar nuestro futuro.
Las mujeres aún enfrentamos brechas salariales, una mayor carga de trabajo de cuidados no remunerados y menores oportunidades para acceder a espacios de inversión o educación financiera. A eso se suma un factor cultural que muchas veces pasa desapercibido. Durante años, las decisiones económicas fueron un tema en el que las mujeres simplemente no participaban. Supuestamente, hablar de inversiones era solo para hombres.
Como señala Mónica Zuleta, directora Corporativa de Sostenibilidad de Mapfre, «hay una serie de factores socioculturales e históricos que han limitado la capacidad de las mujeres para tomar decisiones financieras hasta hace poco tiempo» (Zuleta, 2024). La dimensión histórica de esa exclusión es impresionante. Hasta 1975 en España, las mujeres no podían abrir una cuenta bancaria a su nombre, un dato que evidencia que la brecha financiera no es solo económica, sino también estructural y cultural.
Mi experiencia como mentora de emprendedores también me invitó a cuestionar el rol de la mujer en este ámbito.
En el desempeño de esta función acompañé principalmente a mujeres que estaban dando sus primeros pasos con sus negocios. Ahí pude comprobar que dominar conceptos básicos de contabilidad y marketing puede marcar una diferencia enorme. Comprender cuánto cuesta realmente un producto, cómo fijar un precio y comunicar una propuesta de valor no solo mejora un emprendimiento, sino que también fortalece a la persona que está detrás de él.
Por eso es tan importante cambiar el enfoque y el momento en el que se tiene esta conversación. La educación financiera no debería llegar cuando aparece el primer sueldo o cuando enfrentamos una deuda. Debería formar parte de nuestra conversación diaria y una formación obligatoria desde el colegio, tal como aprendemos matemáticas o lenguaje. Porque administrar nuestros recursos también es una habilidad para la vida. Si bien la educación financiera no elimina por sí sola las desigualdades de género, sí entrega la capacidad de decidir, de fortalecer la voz, tener más oportunidades y abrir camino para que otras mujeres hagan lo mismo.
En este sentido, el Estado también tiene un rol fundamental. Si queremos avanzar hacia una sociedad más equitativa, la educación financiera debe dejar de ser un conocimiento que solo entienden unos pocos, y convertirse en una política pública prioritaria. Incorporar estos contenidos en los colegios, desarrollar talleres, charlas gratuitas y promover materiales claros, cercanos y libres de tecnicismos permitiría que más niñas y mujeres accedan a herramientas que históricamente no han estado al alcance de todas. Las finanzas deben ser comprensibles y accesibles, porque solo así podremos derribar una barrera que aún persiste.
Quizás por eso sigo creyendo en la frase “Nos enseñan a soñar, pero no a planificar”. El desafío de nuestra generación no es dejar de soñar, sino asegurarnos de que todas las niñas y mujeres tengan también las herramientas para convertir esos sueños en proyectos posibles.
Si queremos una sociedad más equitativa, hablemos de dinero sin miedo. Enseñemos a las niñas a ahorrar con la misma naturalidad con la que les enseñamos a soñar.
Las metas cambian el mundo, pero es la educación la que nos entrega los instrumentos para hacerlas realidad.
Michelle d’aquin
Área Género

