«Lo personal es político» es, diría yo, una de las consignas feministas más famosas. se desprende del memorando que Carol Hanisch escribió en 1969, «personal problems are political problems» (Hanisch, 1970), es decir, los problemas personales son problemas políticos. Un poco más tarde, durante la dictadura chilena, la socióloga Julieta Kirkwood acuñó otra consigna que los círculos de mujeres y feministas de Chile hicieron suya, “democracia en el país y en la casa” (Kirkwood, 1986), consigna que se amplió posteriormente por las feministas que vinieron a “democracia en la calle, en la casa y en la cama”. Esta es una de las principales aportaciones del feminismo a las discusiones político-sociales, sacar de la esfera privada cuestiones que hasta entonces se consideraban ajenas a la discusión pública, y con eso posicionarnos a nosotras mismas, a las mujeres, como sujetos políticos, con demandas propias que merecen discutirse en la esfera pública de la política.
Las demandas que han movilizado a las mujeres parten de la base de que las relaciones interpersonales no se den bajo una estructura abusiva y de dominación, lo que creo podríamos llamar una búsqueda de la “seguridad relacional”. Ese concepto encuentra eco en la literatura especializada. Evan Stark lo aborda como control coercitivo, el conjunto de tácticas con que alguien somete a otra persona en el ámbito íntimo, tácticas que van mucho más allá de los golpes y que restringen la libertad, la dignidad y la privacidad de quien las sufre (Stark, 2023). Es a partir de esta convicción, de que las relaciones interpersonales más directas son el terreno fundamental donde se disputa el poder, que me gustaría relevar la ternura como un elemento que articula, relaciona y moviliza, especialmente a nosotras las mujeres, con una intención intrínsecamente política.
Si confiamos en la definición de diccionario, algunos aceptan la ternura como “cualidad de tierno” o como un “sentimiento de cariño entrañable”. El pedagogo peruano Alejandro Cussiánovich profundiza esa idea al describir la ternura como una capacidad activa, la de acoger la fragilidad ajena sin dominarla (Cussiánovich, 2007). Carol Gilligan, en su investigación sobre el desarrollo moral de las mujeres propone que una vez que la obligación de cuidar se extiende también hacia una misma, la aparente contradicción entre el egoísmo y la responsabilidad se resuelve (1977, p. 511). Leo esa idea como una forma de decir que la ternura hacia una misma no compite con la ternura hacia el resto, ambas se necesitan. Entiendo cuidar con ternura, entonces, como reconocer la capacidad del otro tal como es, y dejar en sus propias manos su proceso, sin que eso signifique renunciar al propio cuidado.
Siguiendo con las definiciones de diccionario, la política se mira en dos de sus acepciones, como el «arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados» y como la «actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos». Esa definición suele asociarse a los partidos, las elecciones y a los actos «formalmente» políticos que generan decisiones «oficiales». Prefiero la mirada más amplia que proponía Aristóteles cuando llamaba al ser humano un animal político, un ser que se realiza plenamente en la vida en común (Aristóteles, 1988). Bajo esa mirada, entiendo lo político como la organización de la vida compartida, las reglas explícitas e implícitas que determinan quién decide, quién es escuchado y qué necesidades se consideran legítimas. Leído así, lo político ocurre en el Congreso, y ocurre igual de intensamente en las comunidades, en las salas de clases, en las casas, en las relaciones con la familia, con las amigas, en la crianza, en cualquier lugar donde alguien decide quién se hace cargo y quién no.
Si lo político es la pregunta por quién decide y quién es reconocido, y la ternura es la práctica de reconocer al otro en su fragilidad sin anularlo, entonces entiendo la ternura también como una postura frente al poder. La ternura ha estado marcada históricamente por el género. Es un sentimiento que recae y se exige en las mujeres, se espera de nosotras en la casa, en la crianza, en el trabajo de cuidado e incluso en entornos laborales formales. Esa misma marca de género se usó durante siglos como argumento para mantenernos fuera de la vida pública, se decía que nuestra supuesta naturaleza emocional y entregada nos volvía poco aptas para el ejercicio frío y racional que exigía la política. Por eso muchas de nosotras, por mucho tiempo, intentamos rehuir que nos catalogaran con estos conceptos «inherentemente femeninos». Para quitarnos ese estereotipo de encima, aprendimos a mostrarnos duras, firmes, poco afectivas, para que nos tomaran en serio en espacios diseñados por y para hombres. Sin embargo, creo que la fuerza política se fundamenta en la sensibilidad y necesita una indignación, una pasión y un amor movilizante.
Reivindicar la ternura como acto político me parece que implica sacarla de las conversaciones y lazos de forma “privada” y reconocerla como una fuerza capaz de sostener comunidad, de construir vínculos que resistan al individualismo sistemáticamente impuesto que nos empuja a competir en vez de cuidarnos. Rita Segato, en su análisis sobre la violencia contra las mujeres en Guatemala, describe cómo ciertos actos de crueldad sistemática buscaban «disolver el tejido social, sembrar la desconfianza y romper la solidaridad comunitaria» (Segato, 2014). Leo esa idea al revés: si la violencia funciona rompiendo lazos, la ternura puede funcionar tejiéndolos de nuevo. Reconstruir los lazos cotidianos es, en sí mismo, un gesto político, y es la célula madre fundamental y necesaria si queremos construir un frente organizado y fuerte. La lucha feminista se sostiene, de manera inherente, en la formación de lazos y relaciones que parten desde la ternura.
Escribo esto en tiempos convulsos, de retrocesos, de una ofensiva antiderechos que no da tregua, de un cansancio que a veces siento que no me cabe en el cuerpo, en un periodo donde cada dos días me despierto con una nueva amenaza a mis derechos. En Chile, “nanai” nombra una caricia pequeña que se da para consolar el dolor o la pena (Diccionario Chileno, s. f.), me parece un camino posible, que del dolor compartido puede nacer el cuidado mutuo. Considero fundamental reconocernos en la otra, generar pisos mínimos comunes para enfrentar la lucha, recuperar la memoria histórica, ser compañeras de lucha cuyos lazos sean profundos, llenos de sensibilidad y ternura. Neguémonos a aceptar la narrativa que nos han intentado imponer históricamente, la de que somos las violentas, las que exageramos, cuando la violencia real la ejercen ellos, los que hoy sostienen un gobierno de ultraderecha al que no le interesa este país, que busca arrebatarnos derechos que costaron décadas conquistar. Cuidémonos, sostengámonos, tejamos comunidad en medio del cansancio. La ternura nos permite ejercer esa politicidad, la manera concreta en que nos sostenemos como sujetas.
Esa politicidad se ejerce mejor acompañadas, porque las mujeres siempre hemos sido más vulnerables en la individualidad, en la soledad. No dejemos que nos fragmenten. Encontrémonos en lo colectivo, en el reconocimiento de las otras y de nosotras mismas en las otras. Mirémonos cara a cara, con ojos de ternura.
Isidora Arias Julio.
Área género.

