Durante mucho tiempo se nos ha instalado la idea de que la lucha por los derechos de las mujeres quedó en el pasado. Hechos como el derecho a voto, a la educación o la posibilidad de trabajar de manera remunerada suelen presentarse como una prueba de que la igualdad ya fue alcanzada. Sin embargo, la realidad demuestra todo lo contrario: los derechos de las mujeres no son permanentes, sino que están en constante peligro y pueden retroceder si dejan de protegerse. Pensar que ya no queda nada por conquistar solo invisibiliza las desigualdades que aún persisten y las barreras que muchas mujeres siguen enfrentando en su cotidianidad.
En distintos países hemos visto cómo derechos que parecían consolidados han sido restringidos o incluso eliminados. El acceso a la salud sexual y reproductiva, así como la protección frente a la violencia de género, siguen siendo objeto de debate. El caso de Afganistán es probablemente el ejemplo más extremo. Millones de mujeres y niñas han perdido derechos tan básicos como estudiar, trabajar o decidir sobre sus propias vidas. Esta realidad deja en evidencia que ningún avance es irreversible y que basta un cambio político o social para poner en riesgo libertades que parecían garantizadas. Lo que ocurre allí es una advertencia para el resto del mundo.
A esto se suma el crecimiento de discursos que desacreditan y minimizan el feminismo, presentando la igualdad como si fuera un privilegio en lugar de un derecho. Cada vez es más frecuente escuchar que las mujeres “ya tienen los mismos derechos que los hombres” o que el feminismo “ya no es necesario”. Ese tipo de afirmaciones no solo desconoce las brechas que todavía existen, también instala la idea de que seguir defendiendo los derechos de las mujeres es algo innecesario. Cuando esos discursos comienzan a normalizarse, se abre la puerta para cuestionar políticas públicas, reducir garantías y dejar de lado problemáticas que siguen afectando a millones de mujeres.
Los derechos de las mujeres nunca han sido un regalo. Son el resultado de décadas de resistencia y lucha colectiva. Precisamente por eso, es que también pueden perderse. La igualdad nunca está garantizada, ni siquiera por el paso del tiempo. Esta requiere de memoria, compromiso y una lucha constante. Mantenerse alerta no es exagerar, es aprender de la historia y comprender que los avances pueden perderse en un instante. El verdadero peligro no es solo que los derechos retrocedan, sino que la sociedad termine acostumbrándose a esos retrocesos y deje de verlos como una amenaza.
Tiare Gallardo, Área de Género


